
La muerte de mi madre ha supuesto un punto de reflexión sobre la forma en que cada uno afronta ese duro y definitivo momento. Ella no era dada a los halagos, si hablaba bien de alguien no solía estar presente el protagonista. Siempre tenía la crítica o el reproche a flor de piel, al menos para sus hijos. Con esto no quiero dar a entender que fue mala madre, todo lo contrarío. La educación que tengo se la debo a ella, rara vez perdía la paciencia con sus hijos. Me ha dado todo el cariño y compresión que he necesitado. Pero no supo entender que yo debía seguir mi camino, vivir mi propia vida, al igual que hizo ella cuando decidió casarse con mi padre. Desde ese momento su aptitud hacía mí cambio por completo. Cuando habría la boca no era precisamente para decirme un halago. Si estaba delgada, porque estaba esquelética, si me sobraban unos kilos, que me estaba poniendo como ella, siempre ha tenido sobrepeso. Cuando me separé, no dejaba de decirme lo envejecida que estaba, en fin, nunca estaba a su gusto. Bueno, a decir verdad, cuando estaba perfecta, simplemente no decía nada. Nunca dudé del amor que me procesaba, pero siempre he sido consciente de lo decepcionada que estaba conmigo. Siempre pensó que viviría con ella, que nunca nos separaríamos.
Por todo esto que estoy contando, no dejo de preguntarme, si ha sido consciente de que se moría, y de ser así, ¿le habría gustado despedirse de nosotros, sus hijos?, decirnos cuanto nos quería, o agradecernos los cuidados dispensados en su cruel y despiadada enfermedad. La muerte le sobrevino en el hospital, en una cama que no era la suya, por compañía los celadores que la llevaban a hacerle una prueba para ver el avanzado estado de su enfermedad. Esclerosis lateral amiotrófica, familiarmente conocida como ELA. Una de las enfermedades más crueles que existen.
Una vida dura la suya. Con un marido celoso, que no la dejaba salir sola a la calle y que la maltrataba. Una vida llena de silencios, miradas tristes, encerrada en una sociedad con la creencia de que la mujer tenía que aguantarlo todo. Si te pegan, “algo habrás hecho”. Tenía un carácter alegre, buena voz, cantaba mientras realizaba las labores domésticas. Con el tiempo se fue apagando, pudieron mas las ilusiones rotas.
Muchos años después de quedar viuda conoció a un buen hombre, cariñoso, paciente. Pero no supo apreciar lo que le daba. No entendió que la vida le brindaba una nueva oportunidad. Con el tiempo se volvió mal pensada, negativa. Los años de sufrimiento le agriaron el carácter. Como broche final, una cruel enfermedad le brindó una agonía lenta. Mi madre no ha sido una persona con suerte, y las pocas veces que la ha tenido, no ha sabido apreciarla, o no ha sido consciente de ella.
Yo no quiero caer en el mismo error. Quiero apreciar todo lo que me rodea, beberme la vida a sorbos pequeños, despacio, sin prisa. Porque el tiempo es como el agua que se escurre de entre las manos cuando quieres cogerlo. Está ahí, nos rodea, vivimos inmersos en él, pero no lo dominamos.