No se que la desencadena, pero puedo asegurar que si no escribo me muero. Siempre ha estado ahí, desde que tengo uso de razón, o mejor dicho, desde que tengo la razón al uso. En el colegio, obras de teatro. En la adolescencia un diario. En mi etapa reivindicativa artículos que nunca han llegado a ver la luz. He intentado en dos ocasiones escribir un libro. Consciente de mis limitaciones no he pasado del primer capítulo.
Con el paso de los años he vuelto al diario, fuente de desahogo, donde escribo lo que no me atrevo a decir por miedo a molestar o herir a los demás. Eso hace que dé una imagen de tristeza y amargura que para nada refleja mi carácter alegre.
Mi hija mayor me animó a crear un blog, y aquí estoy, no sé, si alguien leerá esto. Me anima pensar que en algún lugar hay alguien al que le interesen mis relatos. De no ser así, al menos mitigo en parte mi vocación de escritora frustrada. Aunque estos relatos sean pobres en estructura gramatical y vocabulario, están llenos de sentimiento y pasión.
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